Ciencia sin seso… locura doble

Píldoras sobre medicina basada en pruebas

Entradas etiquetadasInvestigación
image_pdf

Los diez mandamientos

Que nadie se asuste, hoy no vamos a hablar de historias bíblicas. Tampoco pensaba hablar de cine, pero al recordar la famosa película me ha venido a la cabeza la imagen del típico científico de película. Se le reconoce con facilidad: alto, guapo, fornido, tremendamente inteligente y con una bata blanca blanquísima. Un último detalle, siempre liga con la más maciza del reparto. Y no os olvidéis de las científicas: tres cuartos de lo mismo.

Sin embargo, la vida real es mucho más triste. Cualquiera puede ser científico (aunque en estos tiempos igual te tienes que marchar fuera de España). Para que os hagáis una idea, yo mismo fui científico durante un periodo de mi vida, hace más tiempo del que me gusta recordar. Y, si nos paramos a pensar, la mayoría habremos hecho alguna vez algún trabajo de investigación, porque para investigar no es imprescindible meterse en un laboratorio ni ser tan apuesto como los científicos del cine. Lo que si es conveniente tener, eso sí, son las ideas muy claras sobre lo que se va a hacer y tener en cuenta una serie de puntos antes de comenzar a gastar tiempo y dinero (al parecer, la parte fundamental de la investigación en los tiempos que corren).

El primer punto es la identificación de la duda o problema que tengamos, que nos servirá para definir la pregunta que pretendemos responder con el estudio. Esta será nuestra hipótesis de trabajo, el objetivo del estudio. Puede ser útil formular una pregunta clínicamente estructurada (¿os acordáis de PICO?), que nos ayudará a definir la variable de resultado principal del estudio, además de servirnos para diseñar la búsqueda que nos permita hacer una revisión del estado del conocimiento sobre el tema para centrar bien el trabajo y justificar su pertinencia y viabilidad.

diez-mandamientosEn segundo lugar tendremos que decidir qué tipo de diseño será el más adecuado para conseguir nuestro objetivo. Esto es muy importante porque nos condicionará muchos de los pasos siguientes. Además, si elegimos mal, el trabajo puede ser inviable. Por ejemplo, si quiero demostrar el efecto perjudicial del tabaco no se me puede ocurrir un ensayo clínico para hacer fumar dos cajetillas al grupo de intervención. Será mejor que haga un estudio de cohortes y vea qué pasa con los que fuman y los que no.

El tercer aspecto es seleccionar la población de estudio adecuada. Habrá que pensar cómo vamos a seleccionar los participantes y cómo vamos a evaluar su idoneidad para entrar en el estudio y qué técnica vamos a utilizar para formar los diferentes grupos. Además, cuarto paso, calcularemos previamente cuántos vamos a necesitar. El cálculo del tamaño de la muestra nos permitirá calibrar la potencia del estudio para responder a la pregunta objetivo sin gastar más recursos de los necesarios.

Quinto, hay que pararse a pensar cuál será la variable de resultado principal y cómo vamos a medirla, además de si vamos a necesitar otro tipo de variables secundarias. La variable principal debe ser importante desde el punto de vista clínico, tanto para el investigador como para el paciente que se vaya a beneficiar del estudio pero, además, debe ser capaz de discriminar si los participantes se benefician (o perjudican) de la intervención o factor de exposición.

En sexto lugar, deberá planificarse cuidadosamente cómo se van a recoger los datos y cuál va a ser la estrategia para su análisis. Pensaremos en la forma en la que describiremos nuestros resultados y en qué medidas de centralización, dispersión, asociación e impacto clínico vamos a utilizar. Lógicamente, todos estos parámetros dependerán del tipo de estudio que realicemos.

El séptimo paso sería organizar la puesta en marcha del estudio según todo lo que hemos considerado previamente para, finalmente, llevarlo a cabo con rigor y minuciosidad (octavo paso).

Una vez finalizado el trabajo, nos falta aún cumplir dos puntos de este decálogo. Es muy importante interpretar los resultados con precaución. No nos conformaremos con las diferencias estadísticamente significativas, sino que siempre debemos completar el estudio con las medidas de asociación y de impacto clínico adecuado. Habrá que valorar los efectos beneficiosos para el paciente que se puedan derivar del estudio, pero antes de formular conclusiones o recomendaciones siempre deberemos tener en cuenta los aspectos relativos a efectos adversos o molestos, costes y, no nos olvidemos, preferencias del paciente al que queremos beneficiar.

De todas formas, aunque hagamos un trabajo magistral, si solo lo aplicamos en nuestra consulta el esfuerzo seguramente no habrá merecido la pena. La verdadera utilidad de una investigación radica en que sus resultados sean aplicados en la práctica clínica de una forma lo más generalizada posible. De ahí la importancia del décimo paso del proceso investigador: la difusión de los resultados. Es fundamental que los resultados se den a conocer, habitualmente mediante publicaciones o congresos. En los casos de resultados con gran importancia clínica lo ideal es que queden incluidos en bases de datos internacionales que sean muy consultadas, ya que así podrán ser localizados, evaluados y utilizados por más profesionales.

Si alguno de los que todavía está leyendo a estas alturas no tiene previsto hacer ningún trabajo de investigación en un futuro visible, que no se preocupe: todo lo dicho hasta ahora puede serle también de utilidad. Y es que un esquema similar de pensamiento nos puede ser muy útil para valorar trabajos de investigación hechos por otros, cosa que prácticamente hacemos (o deberíamos hacer) con mucha frecuencia. Además, estos pasos forman parte de los requisitos de muchas listas de comprobación que los editores utilizan para la evaluación de trabajos científicos y de muchas herramientas empleadas en lectura crítica. Pero esa es otra historia…