Ciencia sin seso… locura doble

Píldoras sobre medicina basada en pruebas

Entradas etiquetadasImportancia

Poco ruido y muchas nueces

Sí, ya sé que el refrán dice justo lo contrario. Pero es que ese es precisamente el problema que tenemos con tanta nueva tecnología de la información. Hoy día cualquiera puede escribir y hacer público lo que se le pase por la cabeza, llegando a un montón de gente, aunque lo que diga sea una chorrada (y no, yo no me doy por aludido, ¡a mí no me lee ni mi cuñado!). Lo malo es que gran parte de lo que se escribe no vale un bit, por no referirnos a ningún tipo de excretas. Hay mucho ruido y pocas nueces, cuando a todos nos gustaría que ocurriese lo contrario.

Lo mismo pasa en medicina cuando necesitamos información para tomar alguna de nuestras decisiones clínicas. Vayamos a la fuente que vayamos, el volumen de información no solo nos desbordará, sino que encima la mayoría no nos servirá para nada. Además, incluso si encontramos un trabajo bien hecho es posible que no sea suficiente para contestar completamente a nuestra pregunta. Por eso nos gustan tanto las revisiones de la literatura que algunas almas generosas publican en las revistas médicas. Nos ahorran el trabajo de revisar un montón de artículos y nos resumen las conclusiones. Estupendo, ¿no? Pues a veces sí y a veces no. Como cuando leemos cualquier tipo de trabajo de literatura médica, siempre debemos hacer una lectura crítica de lo que tenemos delante y no confiar únicamente en el buen saber hacer de sus autores.

Las revisiones, de las que ya sabemos que hay dos tipos, tienen también sus limitaciones, que debemos saber valorar. La forma más sencilla de revisión, nuestra preferida cuando somos más jóvenes e ignorantes, es la que se conoce como revisión narrativa o de autor. Este tipo de revisiones las suele hacer, generalmente, un experto en el tema, que revisa la literatura y analiza lo que encuentra como lo cree conveniente (para eso es experto) y que hace un resumen de síntesis cualitativa con sus conclusiones de experto. Este tipo de revisiones son buenas para hacernos una idea general sobre un tema, pero no suelen servir para responder a preguntas concretas. Además, como no se especifica cómo se hace la búsqueda de la información, no podemos reproducirla ni comprobar que incluya todo lo importante que haya escrito sobre el tema. En estas podremos hacer poca lectura crítica, ya que no hay una sistematización precisa de cómo hay que elaborar estos resúmenes, así que tendremos que confiar en aspectos poco confiables como el prestigio del autor o el impacto de la revista donde se publica.

Según van aumentando nuestros conocimientos sobre los aspectos generales de los temas, nuestro interés va derivando hacia otro tipo de revisiones que nos proporcionan información más específica sobre aspectos que escapan a nuestro cada vez más amplio saber. Este otro tipo de revisión es la llamada revisión sistemática (RS), que se centra en una pregunta concreta, sigue una metodología de búsqueda y selección de la información claramente especificada y realiza un análisis riguroso y crítico de los resultados encontrados. Incluso, si los estudios primarios son lo suficientemente homogéneos, la RS va más allá de la síntesis cualitativa, realizando también un análisis de síntesis cuantitativa, que tiene el bonito nombre de metanálisis. Con estas revisiones sí que podemos hacer una lectura crítica siguiendo una metodología ordenada y preestablecida, de forma similar a como hacemos con otros tipos de estudios.

El prototipo de RS es la realizada por la Colaboración Cochrane, que ha elaborado una metodología específica que podéis consultar en los manuales disponibles en su página web. Pero, si queréis mi consejo, no os fieis ni de la Cochrane y haced una lectura crítica cuidadosa incluso si la revisión la han hecho ellos, no dándola por buena simplemente por su origen. Como dice uno de mis maestros en estas lides (seguro que sonríe si lee estas líneas), hay vida más allá de la Cochrane. Y, además, mucha y buena, añadiría yo.

Aunque las RS y los metanálisis imponen un poco al principio, no os preocupéis, se pueden valorar críticamente de una forma sencilla teniendo en cuenta los principales aspectos de su metodología. Y para hacerlo, nada mejor que revisar sistemáticamente nuestros tres pilares: validez, importancia y aplicabilidad.

En cuanto a la VALIDEZ, trataremos de determinar si la revisión nos da unos resultados no sesgados y que respondan correctamente a la pregunta planteada. Como siempre, buscaremos unos criterios primarios de validez. Si estos no se cumplen pensaremos si es ya la hora de pasear al perro: probablemente aprovechemos mejor el tiempo.

¿Se ha planteado claramente el tema de la revisión? Toda RS debe tratar de responder a una pregunta concreta que sea relevante desde el punto de vista clínico, y que habitualmente se plantea siguiendo el esquema PICO de una pregunta clínica estructurada. Es preferible que la revisión trate de responder solo a una pregunta, ya que si pretende responder a varias se corre el riesgo de que no responda adecuadamente a ninguna de ellas. Esta pregunta determinará, además, el tipo de estudios que debe incluir la revisión, por lo que debemos valorar si se ha incluido el tipo adecuado. Aunque lo más habitual es encontrar RS  de ensayos clínicos, pueden hacerse de otros tipos de estudios observacionales, de pruebas diagnósticas, etc. Los autores de la revisión deben especificar los criterios de inclusión y exclusión de los trabajos, además de considerar sus aspectos referentes al ámbito de realización, grupos de estudio, resultados, etc. Diferencias entre los trabajos incluidos en cuanto a los (P)pacientes, la (I)intervención o los (O)resultados hacen que dos RS que se plantean la misma preguntan puedan llegar a conclusiones diferentes.

Si la respuesta a las dos preguntas anteriores es afirmativa, pasaremos a considerar los criterios secundarios y dejaremos el paseo del perro para más tarde. ¿Se han incluido los estudios importantes que tienen que ver con el tema? Debemos comprobar que se ha realizado una búsqueda global y no sesgada de la literatura. Lo frecuente es hacer la búsqueda electrónica incluyendo las bases de datos más importantes (generalmente PubMed, Embase y la Cochrane Library), pero esta debe completarse con una estrategia de búsqueda en otros medios para buscar otros trabajos (referencias de los artículos encontrados, contacto con investigadores conocidos, industria farmacéutica, registros nacionales e internacionales, etc), incluyendo la denominada literatura gris (tesis, informes, etc), ya que puede haber trabajos importantes no publicados. Y que nadie se extrañe de esto último: está demostrado que los trabajos que obtienen conclusiones negativas tienen más riesgo de no publicarse, por lo que no aparecen en las RS. Debemos comprobar que los autores han descartado la posibilidad de este sesgo de publicación. En general, todo este proceso de selección se suele plasmar en un diagrama de flujo que muestra el devenir de todos los trabajos valorados en la RS.

Es muy importante que se haya hecho lo suficiente para valorar la calidad de los estudios, buscando la existencia de posibles sesgos. Para esto los autores pueden servirse de una herramienta diseñada ad hoc o, más habitualmente, recurrir a una que ya esté reconocida y validada, como la herramienta de detección de sesgo de la Colaboración Cochrane, en el caso de revisiones de ensayos clínicos. Esta herramienta valora cinco criterios de los estudios primarios para determinar su riesgo de sesgo: secuencia de aleatorización adecuada (previene el sesgo de selección), enmascaramiento adecuado (previene los sesgos de realización y detección, ambos sesgos de información), ocultamiento de la asignación (previene el sesgo de selección), las pérdidas durante el seguimiento (previene el sesgo de desgaste) y la información de datos selectiva (previene el sesgo de información). Los estudios se clasifican como de alto, bajo o indeterminado riesgo de sesgo según los aspectos más importantes de la metodología del diseño (ensayos clínicos en este caso).

Además, esto debe hacerse de forma independiente por dos autores y, de forma ideal, sin conocer los autores del trabajo o la revista de publicación de los estudios primarios de la revisión. Por último, debe quedar registrado el grado de concordancia entre los dos revisores y qué hacían si no se ponían de acuerdo (lo más habitual suele ser recurrir a un tercero, que seguramente será el jefe de los dos).

Para finalizar el apartado de validez interna o metodológica, en el caso de que se hayan combinado los resultados de los estudios para sacar conclusiones comunes con un metanálisis, debemos preguntarnos si era razonable combinar los resultados de los estudios primarios. Es fundamental, para poder sacar conclusiones de datos combinados, que los trabajos sean homogéneos y que las diferencias entre ellos sean debidas únicamente al azar. Aunque cierta variabilidad de los estudios aumenta la validez externa de las conclusiones, no podremos unificar los datos para el análisis si la variabilidad es grande. Hay numerosos métodos para valorar la homogeneidad en los que no vamos a entrar ahora, pero sí que vamos a insistir en la necesidad de que los autores de la revisión lo hayan estudiado de forma adecuada.

Resumiendo, los aspectos fundamentales que tendremos que analizar para valorar la validez de una RS serán: 1) que los objetivos de la revisión estén bien definidos en términos de población, intervención y medición del resultado; 2) que la búsqueda bibliográfica haya sido exhaustiva; 3) que hayan sido adecuados los criterios de inclusión y exclusión de estudios primarios en la revisión; y 4) que se haya comprobado también la validez interna o metodológica de los estudios incluidos. Además, si la RS incluye un metanálisis, revisaremos los aspectos metodológicos que ya vimos en una entrada anterior: conveniencia de combinar los estudios para realizar una síntesis cuantitativa, evaluación adecuada de la heterogeneidad de los estudios primarios y utilización de un modelo matemático adecuado para combinar los resultados de los estudios primarios (ya sabéis, aquello de los modelos de efecto fijo y de efectos aleatorios).

En cuanto a la IMPORTANCIA de los resultados debemos considerar cuál es el resultado global de la revisión y si la interpretación se ha hecho de forma juiciosa. La RS debe proporcionar una estimación global del efecto de la intervención en base a una media ponderada de los artículos de calidad incluidos. Lo más frecuente es que se expresen medidas relativas como el riesgo relativo o la odds ratio, aunque lo ideal es que se complementen con medidas absolutas como la reducción absoluta del riesgo o el número necesario a tratar (NNT). Además, hay que valorar la precisión de los resultados, para lo que recurriremos a nuestros queridos intervalos de confianza, que nos darán una idea de la precisión de la estimación de la verdadera magnitud del efecto en la población. Como veis, la forma de valorar la importancia de los resultados es prácticamente la misma que la de valorar la importancia de los resultados de los estudios primarios. En este caso ponemos ejemplos de ensayos clínicos, que es el tipo de estudio que veremos más frecuentemente, pero recordad que puede haber otros tipos de estudios que pueden expresar mejor la importancia de sus resultados con otros parámetros. Eso sí, los intervalos de confianza siempre nos ayudarán a valorar la precisión de los resultados.

Los resultados de los metanálisis se suelen representar de una manera estandarizada, recurriendo habitualmente al llamado diagrama de efectos, mucho más famoso por su nombre en inglés: forest plot. Se dibuja un gráfico con una línea vertical de efecto nulo (en el uno para riesgo relativo y odds ratio y en el cero para diferencias de medias) y se representa cada estudio como una marca (su resultado) en medio de un segmento (su intervalo de confianza). Los estudios con resultados con significación estadística son los que no cruzan la línea vertical. Generalmente, los estudios más potentes tienen intervalos más estrechos y contribuyen más al resultado global, que se expresa como un diamante cuyos extremos laterales representan su intervalo de confianza. Solo los diamantes que no crucen la línea vertical tendrán significación estadística. Además, cuanto más estrechos, más precisión. Y, por último, cuánto más se alejen de la línea de efecto nulo, más clara será la diferencia entre los tratamientos o las exposiciones comparadas.

Si queréis una explicación más detallada sobre los elementos que componen un forest plot, podéis acudir a la entrada anterior en la que lo explicábamos o a los manuales en línea de la Colaboración Cochrane.

Concluiremos la lectura crítica de la RS valorando la APLICABILIDAD de los resultados a nuestro medio. Habrá que preguntarse si podemos aplicar los resultados a nuestros pacientes y cómo van a influir en la atención que les prestamos. Tendremos que fijarnos si los estudios primarios de la revisión describen a los participantes y si se parecen a nuestros pacientes. Además, aunque ya hemos dicho que es preferible que la RS se oriente a una pregunta concreta, habrá que ver si se han considerado todos los resultados relevantes para la toma de decisiones en el problema en estudio, ya que a veces será conveniente que se considere alguna otra variable secundaria adicional. Y, como siempre, habrá que valorar la relación beneficios-costes-riesgos. El que la conclusión de la RS nos parezca válida no quiere decir que tengamos que aplicarla de forma obligada.

Si queréis valorar correctamente una RS sin olvidar ningún aspecto importante os recomiendo que uséis una lista de verificación como la PRISMA o alguna de las herramientas disponibles en Internet, como las parrillas que se pueden descargar de la página de CASPe, que son las que hemos utilizado para todo lo que hemos dicho hasta ahora.

La declaración PRISMA (Preferred Reporting Items for Systematic reviews and Meta-Analyses) consta de 27 ítems, clasificados en 7 secciones que hacen referencia a los apartados de título, resumen, introducción, métodos, resultados, discusión y financiación:

  1. Título: debe identificarse como RS, metanálisis o ambos. Si se especifica, además, que trata sobre ensayos clínicos, se priorizará sobre otros tipos de revisiones.
  2. Resumen: debe ser un resumen estructurado que debe incluir antecedentes, objetivos, fuentes de datos, criterios de inclusión, limitaciones, conclusiones e implicaciones. Debe constar también el número de registro de la revisión.
  3. Introducción: incluye dos ítems, la justificación del trabajo (qué se sabe, controversias, etc) y los objetivos (qué pregunta trata de responder en términos PICO de la pregunta clínica estructurada).
  4. Métodos. Es la sección con mayor número de ítems (12):

– Protocolo y registro: indicar el número de registro y su disponibilidad.

– Criterios de elegibilidad: justificación de las características de los estudios y los criterios de búsqueda empleados.

– Fuentes de información: describir las fuentes utilizadas y la última fecha de búsqueda.

– Búsqueda: estrategia completa de búsqueda electrónica, para que pueda ser reproducible.

– Selección de estudios: especificar el proceso de selección y los criterios de inclusión y exclusión.

– Proceso de extracción de datos: describir los métodos empleados para la extracción de los datos de los estudios primarios.

– Lista de datos: definir las variables empleadas.

– Riesgo de sesgo en los estudios primarios: describir el método utilizado y cómo se ha empleado en la síntesis de los resultados.

– Medidas de resumen: especificar las principales medidas de resumen empleadas.

– Síntesis de resultados: describir los métodos empleados para combinar los resultados.

– Riesgo de sesgo entre los estudios: describir sesgos que puedan afectar la evidencia acumulativa, como el sesgo de publicación.

– Análisis adicionales: si se hacen métodos adicionales (sensibilidad, metarregresión, etc) especificar cuáles fueron preespecificados.

  1. Resultados. Incluye 7 ítems:

– Selección de estudios: se expresa mediante un diagrama de flujo que valora el número de registros en cada etapa (identificación, cribado, elegibilidad e inclusión).

– Características de los estudios: presentar las características de los estudios de los que se extrajeron datos y sus citas bibliográficas.

– Riesgo de sesgo en los estudios: comunicar los riesgos en cada estudio y cualquier evaluación que se haga sobre el sesgo en los resultados.

– Resultados de los estudios individuales: datos de estudio para cada estudio o grupo de intervención y estimación del efecto con su intervalo de confianza. Lo ideal es acompañarlo de un forest plot.

– Síntesis de los resultados: presentar los resultados de todos los MA realizados con los intervalos de confianza y las medidas de consistencia.

– Riesgo de sesgo entre los sujetos: presentar cualquier evaluación que se haga del riesgo de sesgo entre los estudios.

– Análisis adicionales: si se han realizado, facilitar los resultados de los mismos.

  1. Discusión. Trata 3 ítems:

– Resumen de la evidencia: resumir los hallazgos principales con la fuerza de la evidencia de cada resultado principal y la relevancia desde el punto de vista clínico o de los grupos de interés principales (proveedores de cuidados, usuarios, decisores de salud, etc).

– Limitaciones: discutir las limitaciones de los resultados, de los estudios y de la revisión.

– Conclusiones: interpretación general de los resultados en contexto con otras evidencias y sus implicaciones para la futura investigación.

  1. Financiación: describir las fuentes de financiación y el papel que tuvieron en la realización de la RS.

Como tercera opción a estas dos herramientas, podéis utilizar también el ya mencionado manual de la Cochrane (Cochrane Handbook for Systematic Reviews of Interventions), disponible en su página web y cuya finalidad es ayudar a los autores de las revisiones Cochrane a trabajar de forma explícita y sistemática.

Como veis, no hemos hablado prácticamente nada del metanálisis, con todas sus técnicas estadísticas para valorar homogeneidad y sus modelos de efectos fijos y aleatorios. Y es que el metanálisis es una fiera a la que hay que echar de comer aparte, por lo que ya le dedicamos en su momento dos entradas para él solo que podéis consultar cuando queráis. Pero esa es otra historia…

Hay que saber lo que se pide

A diario encontramos artículos que nos muestran nuevas pruebas diagnósticas que parecen haber sido diseñadas para solucionar todos nuestros problemas. Pero no debemos caer en la tentación de hacer caso a todo lo que leamos sin recapacitar antes un poco en lo que hemos leído. Al fin y al cabo, si hiciésemos caso a todo lo que leemos estaríamos hinchados de Coca-Cola.

Ya sabemos que una prueba diagnóstica no nos va a decir si una persona está o no enferma. Su resultado únicamente nos permitirá aumentar o disminuir la probabilidad de que el individuo esté enfermo o no, de forma que nosotros nos atreveremos a confirmar o descartar el diagnóstico, pero siempre con cierto grado de incertidumbre.

Cualquiera tiene cierto riesgo de padecer cualquier enfermedad, que no es más que la prevalencia de la enfermedad en la población general. Por debajo de cierto nivel de probabilidad, nos parece tan poco probable que el paciente esté enfermo que le dejamos tranquilos y no le hacemos ninguna prueba diagnóstica (aunque a algunos les cueste mucho refrenar el impulso de pedir siempre algo). Este es el umbral de prueba o diagnóstico.

Pero si, además de pertenecer a la población, uno tiene la desgracia de tener síntomas, esa probabilidad irá aumentando hasta superar este umbral en el que la probabilidad de presentar la enfermedad justifica realizar pruebas diagnósticas. Una vez que tengamos el resultado de la prueba que hayamos elegido, la probabilidad (probabilidad postprueba) habrá cambiado. Puede que haya cambiado a menos y se haya situado por debajo del umbral de prueba, con lo que descartamos el diagnóstico y volvemos a dejar al paciente tranquilo. También puede que supere otro umbral, el terapéutico, a partir del cual la probabilidad de la enfermedad alcanza el nivel suficiente como para no necesitar más pruebas y poder iniciar el tratamiento.

La utilidad de la prueba diagnóstica estará en su capacidad para disminuir la probabilidad por debajo del umbral de prueba (y descartar el diagnóstico) o, por el contrario, en aumentarla hasta el umbral en el que se justifique iniciar el tratamiento. Claro que a veces la prueba nos deja a medio camino y tenemos que hacer pruebas adicionales antes de confirmar el diagnóstico con la seguridad suficiente como para comenzar el tratamiento.

Los estudios de pruebas diagnósticas deben proporcionarnos información sobre la capacidad de una prueba para producir los mismos resultados cuando se realiza en condiciones similares (fiabilidad) y sobre la exactitud con la que las mediciones reflejan aquello que miden (validez). Pero, además, deben darnos datos sobre su capacidad discriminatoria (sensibilidad y especificidad), su rendimiento clínico (valor predictivo positivo y valor predictivo negativo), su capacidad de modificar la probabilidad de enfermedad y cambiar nuestra posición entre los dos umbrales (cocientes de probabilidad o verosimilitud), y sobre otros aspectos que nos permitan valorar si nos va a merecer la pena practicarla en nuestros pacientes. Y para comprobar si un estudio nos proporciona la información adecuada tenemos que hacer una lectura crítica basada en nuestros tres pilares: validez, importancia y aplicabilidad.

Comencemos por la VALIDEZ. Lo primero será hacernos unas preguntas básicas de eliminación o criterios primarios sobre el estudio. Si la respuesta  a estas preguntas es no, probablemente lo mejor que podamos hacer es usar el artículo para envolver el bocadillo de media mañana.

¿Se ha comparado la prueba diagnóstica de forma ciega e independiente con un patrón de referencia adecuado? Hay que revisar que el resultado de la prueba de referencia no se interprete de forma diferente según el resultado de la prueba de estudio, ya que caeríamos en un sesgo de incorporación, que podría invalidar los resultados. Otro problema que puede surgir es que el patrón de referencia tenga muchos resultados poco concluyentes. Si cometemos el error de excluir estos casos dudosos incurriremos en un sesgo de exclusión de indeterminados que, además de sobrestimar la sensibilidad y la especificidad de la prueba, comprometería la validez externa del estudio, que solo sería aplicable a los pacientes con resultado no dudoso.

¿Los pacientes abarcan un espectro similar al que nos vamos a encontrar en nuestra práctica? Deben estar claros los criterios de inclusión del estudio, en el que deben participar sanos y enfermos con distinta gravedad o evolución de la enfermedad. Como es bien sabido, la prevalencia influye en el rendimiento clínico de la prueba, con lo que si la validamos, por ejemplo, en un centro terciario (estadísticamente la probabilidad de estar enfermo será mayor) puede sobrestimarse su capacidad diagnóstica si va a utilizarse en un centro de Atención Primaria o en población general (en el que la proporción de enfermos será menor). Esto puede parecer difícil de comprender, pero si lo pensamos dos veces veréis que no lo es tanto: cuánto más prevalente sea la enfermedad, más probable es que un positivo de la prueba sea verdadero, aunque sea de casualidad. El mérito es tener más verdaderos en poblaciones con prevalencia baja.

Llegados a este punto, si creemos que merece la pena seguir leyendo, pasaremos a los criterios secundarios, que son aquellos que aportan un valor añadido al diseño del estudio. Otra pregunta que debemos hacernos es: ¿influyeron los resultados de la prueba de estudio para decidir si se hacía la de referencia?. Hay que comprobar que no se haya producido un sesgo de secuencia o sesgo de verificación diagnóstica, mediante el cual excluimos a los que tienen la prueba negativa. Aunque esto es habitual en la práctica corriente (empezamos por pruebas sencillas y solo hacemos las caras o las invasoras en los casos positivos), el hacerlo en un estudio de pruebas diagnósticas compromete la validez de los resultados. Ambas pruebas deben hacerse de forma independiente y ciega, de forma que la subjetividad del observador no influya en los resultados (sesgo de revisión o sesgo de valoración ciega). Por último, ¿se describe el método con el detalle suficiente para permitir su reproducción?. Debe quedar claro qué se ha considerado normal y anormal y cuáles han sido los criterios para definir la normalidad y la forma de interpretar los resultados de la prueba.

Una vez analizada la validez interna del estudio pasaremos a considerar la IMPORTANCIA de los datos presentados. Como ya hemos comentado, el objetivo de un estudio de diagnóstico es determinar la capacidad de una prueba para clasificar correctamente a los individuos según la presencia o ausencia de enfermedad. En realidad, y para ser más exactos, queremos saber cómo varía la probabilidad de estar enfermo tras el resultado de la prueba (probabilidad postprueba). Es, por tanto, esencial que el estudio nos informe acerca de la dirección y magnitud de este cambio (preprueba/postprueba), que sabemos depende de las características de la prueba y, en gran medida, de la prevalencia o probabilidad preprueba.

¿Nos presenta el trabajo las razones de verosimilitud o es posible calcularlas a partir de los datos? Este dato es fundamental, ya que sin él no podemos calcular el impacto clínico de la prueba de estudio. Hay que tener especial precaución con las pruebas de resultado cuantitativo en las que es el investigador el que establece un punto de corte de normalidad. Cuando se utilizan curvas ROC es frecuente desplazar el punto de corte para favorecer la sensibilidad o la especificidad de la prueba, pero tenemos que valorar siempre cómo afecta esta medida a la validez externa del estudio, ya que puede limitar su aplicabilidad a un grupo determinado de pacientes.

¿Son fiables los resultados? Habrá que determinar si los resultados son reproducibles y cómo pueden verse afectados por variaciones entre diferentes observadores o al repetir la prueba de forma sucesiva. Pero no solo hay que valorar la fiabilidad, sino también cuán precisos son los resultados. El estudio se hace sobre una muestra de pacientes, pero debe proporcionar una estimación de sus valores en la población, por lo que los resultados deben expresarse con sus correspondientes intervalos de confianza.

El tercer pilar de la lectura crítica es el de la APLICABILIDAD o validez externa, que nos ayudará a determinar si los resultados son útiles para nuestros pacientes. En este sentido, debemos hacernos tres preguntas. ¿Disponemos de esta prueba y es factible realizarla en nuestros pacientes?. Si no disponemos de la prueba lo único que habremos conseguido leyendo el estudio es aumentar nuestros vastos conocimientos. Pero si disponemos de ella debemos preguntarnos si nuestros pacientes cumplirían los criterios de inclusión y exclusión del estudio y, en caso de que no los cumplan, pensar cómo pueden afectar estas diferencias la aplicabilidad de la prueba.

La segunda pregunta es si conocemos la probabilidad preprueba de nuestros pacientes. Si nuestra prevalencia es muy diferente de la del estudio se puede modificar la utilidad real de la prueba. Una solución puede ser hacer un análisis de sensibilidad valorando cómo se modificarían los resultados del estudio estudiando varios valores de probabilidad pre y postprueba que sean clínicamente razonables. Para esto podemos ayudarnos de una herramienta muy útil, en nomograma de Fagan. Este nomograma permite calcular de forma fácil la probabilidad postprueba para diferentes prevalencias (probabilidad prepueba), siempre que conzozcamos con cocientes de verosimilitud de la prueba diagnóstica.

Por último, deberíamos hacernos la pregunta más importante: ¿la probabilidad postprueba puede hacer cambiar nuestra actitud terapéutica y servir de ayuda para el paciente? Por ejemplo, si la probabilidad preprueba es muy baja, probablemente la probabilidad postprueba sea también muy baja y no alcanzará el umbral de justificación terapéutica, con lo que igual no merece la pena gastar dinero y esfuerzos con esa prueba. Por el contrario, si la probabilidad preprueba es muy alta, en algunos casos merecerá la pena tratar sin hacer ninguna prueba, salvo que el tratamiento sea muy costoso o peligroso. Como siempre, en el medio estará la virtud y será en esas zonas intermedias donde más nos podamos beneficiar del uso de la prueba diagnóstica en cuestión. En cualquier caso, no nos olvidemos nunca de nuestro jefe (me refiero al paciente, no al otro): no hay que contentarse solo con estudiar la eficacia o el coste-efectividad, sino que debemos considerar también los riesgos, molestias y preferencias del paciente, así como las consecuencias que le puede acarrear la realización o no de la prueba diagnóstica.

Si me permitís un consejo, cuando estéis valorando un trabajo sobre pruebas diagnósticas os recomiendo el uso de las plantillas CASPe, que podéis descargaros de su página web. Os ayudarán a hacer la lectura crítica de una manera sistemática y sencilla.

Una aclaración para ir acabando: no debemos confundir los estudios de pruebas diagnósticas con los de reglas de predicción diagnóstica. Aunque la valoración es parecida, las reglas de predicción tienen unas características específicas y unos requerimientos metodológicos que deben valorarse de una forma adecuada y que veremos en otra entrada.

Para terminar, comentaros que todo lo dicho hasta ahora vale para los trabajos específicos de pruebas diagnósticas. Sin embargo, la valoración de pruebas diagnósticas puede formar parte de estudios observacionales como los de cohortes o los de casos y controles, que pueden tener alguna peculiaridad en la secuencia de realización y en los criterios de validación de la prueba de estudio y del patrón de referencia, pero esa es otra historia…

¿A qué lo atribuye?

Parece que fue ayer. Yo empezaba mis andanzas en los hospitales y tenía mis primeros contactos con El Paciente. Y de enfermedades no es que supiese demasiado, por cierto, pero sabía sin necesidad de pensar en ello cuáles eran las tres preguntas con las que se iniciaba toda buena historia clínica: ¿qué le pasa?, ¿desde cuándo?, ¿a qué lo atribuye?.

Y es que la necesidad de saber el porqué de las cosas es inherente a la naturaleza humana y, por supuesto, tiene gran importancia en medicina. Todo el mundo está loco por establecer relaciones de causa-efecto, por lo que a veces estas relaciones se hacen sin mucho rigor y llega uno a creerse que el culpable de su catarro de verano es el fulano del supermercado, que ha puesto el aire acondicionado muy fuerte. Por eso es de capital importancia que los estudios sobre etiología se realicen y se valoren con rigor. Por eso, y porque cuando hablamos de causa nos referimos también a las que hacen daño, incluidas nuestras propias acciones (lo que la gente culta llama iatrogenia).

Esta es la razón de que los estudios de etiología/daño tengan diseños similares. El ideal sería el ensayo clínico, y podemos usarlo, por ejemplo, para saber si un tratamiento es la causa de la curación del paciente. Pero cuando estudiamos factores de riesgo o exposiciones nocivas, el principio ético de no maleficencia nos impide aleatorizar las exposiciones, por lo que hemos de recurrir a estudios observacionales como los estudios de cohortes o los estudios de casos y controles, aunque siempre el nivel de evidencia será menor que el de los estudios experimentales.

Para valorar críticamente un trabajo sobre etiología/daño recurriremos a nuestros consabidos pilares: validez, importancia y aplicabilidad.

En primer lugar nos centraremos en la VALIDEZ o rigor científico del trabajo, que debe responder a la pregunta sobre si el factor o la intervención que estudiamos fue la causa del efecto adverso o la enfermedad producida.

Como siempre, buscaremos unos criterios primarios de validez. Si estos no se cumplen, dejaremos el trabajo y nos dedicaremos a otra cosa más provechosa. Lo primero será determinar si se han comparado grupos similares en cuanto a otros factores determinantes del efecto diferentes de la exposición estudiada. La aleatorización de los ensayos clínicos facilita que los grupos sean homogéneos, pero no podemos contar con ella en el caso de estudios observacionales. La homogeneidad de las dos cohortes es fundamental y sin ella el estudio no tendrá validez. Uno siempre se puede defender diciendo que ha estratificado por las diferencias entre los dos grupos o que ha hecho un análisis multivariante para controlar el efecto de las variables confusoras conocidas pero, ¿qué hacemos con las desconocidas?. Lo mismo se aplica a los estudios de casos y controles, mucho más sensibles a sesgos y confusiones.

¿Se han valorado la exposición y el efecto de la misma forma en todos los grupos?. En los ensayos y cohortes debemos comprobar que el efecto ha tenido la misma probabilidad de aparecer y ser detectado en los dos grupos. Por otra parte, en los estudios de casos y controles es muy importante valorar adecuadamente la exposición previa, por lo que debemos investigar si ha habido posibles sesgos de recogida de datos, como el sesgo de memoria (los enfermos suelen acordarse mejor de sus síntomas pasados que los sanos). Por último, debemos considerar si el seguimiento ha sido lo suficientemente largo y completo. Las pérdidas durante el estudio, frecuentes en los diseños observacionales, pueden sesgar los resultados.

Si hemos contestado sí a las tres preguntas anteriores, pasamos a considerar los criterios secundarios de validez. Los resultados del estudio deben ser evaluados para determinar si la asociación entre exposición y efecto satisface las pruebas de causalidad razonable. HillUna herramienta que podemos usar son los criterios de Hill, que fue un señor que sugirió utilizar una serie de aspectos para tratar de distinguir el carácter causal o no causal de una asociación. Estos criterios son los siguientes: a) fuerza de la asociación, que es la razón de riesgos de exposición y efecto, que consideraremos en breve; b) consistencia, que es la reproducibilidad en poblaciones o situaciones diferentes; c) especificidad, que quiere decir que una causa produce un único efecto y no múltiples; d) temporalidad: es fundamental que la causa preceda al efecto; e) gradiente biológico: a más intensidad de causa, mayor intensidad de efecto; f) plausibilidad: tiene que tener su lógica según nuestros conocimientos biológicos; g) coherencia, que no entre en conflicto con lo que se sabe de la enfermedad o el efecto; h) evidencia experimental, difícil de obtener muchas veces en humanos por problemas éticos; y, finalmente, i) analogía con otras situaciones conocidas. Aunque estos criterios son ya viejecillos y alguno puede ser irrelevante (evidencia experimental o analogía) o erróneo (especificidad), pueden servirnos de orientación. El criterio de temporalidad sería necesario y se complementaría muy bien con los de gradiente biológico, plausibilidad y coherencia.

Otro aspecto importante es estudiar si, al margen de la intervención en estudio, se han tratado los dos grupos de forma similar. En este tipo de estudios en los que el doble ciego brilla por su ausencia es en los que hay más riesgo de sesgo debido a cointervenciones, sobre todo si éstas son tratamientos con un efecto mucho mayor que la exposición en estudio.

En cuanto a la IMPORTANCIA de los resultados, debemos considerar la magnitud y la precisión de la asociación entre exposición y efecto.

¿Cuál fue la fuerza de la asociación?. La medida de asociación más habitual es el riesgo relativo (RR), que podremos usar en los ensayos y en los estudios de cohortes. Sin embargo, en los estudios de casos y controles desconocemos la incidencia del efecto (ya se ha producido al realizarse el estudio), por lo que utilizamos la odds ratio (OR). Como ya sabemos, la interpretación de los dos parámetros es similar. Incluso los dos son similares cuando la frecuencia del efecto es muy baja. Sin embargo, cuánto mayor es la magnitud o la frecuencia del efecto, más diferentes son RR y OR, con la peculiaridad de que la OR tiende a sobreestimar la fuerza de la asociación cuando es mayor que 1 y a subestimarla cuando es menor que 1. De todas formas, estos caprichos de la OR excepcionalmente nos modificarán la interpretación cualitativa de los resultados.

Hay que tener en cuenta que en un ensayo es válido cualquier valor de OR o RR cuyo intervalo de confianza no incluya el uno, pero en estudios observacionales hay que ser un poco más exigente. Así, en un estudio de cohortes daremos valor a RR mayores o iguales a tres y, en uno de casos y controles, a OR de cuatro o más.

Otro parámetro muy útil (en ensayos y cohortes) es la diferencia de riesgos o diferencia de incidencias, que es una forma rebuscada de llamar a nuestra conocida reducción absoluta de riesgo (RAR), que nos permite calcular el NNT (o NND, número necesario a dañar), parámetro que mejor nos cuantifica la importancia clínica de la asociación. También, similar a la reducción relativa del riesgo (RRR), contamos con la fracción atribuible en los expuestos, que es el porcentaje de riesgo observado en los expuestos que se debe a la exposición.

Y, ¿cuál es la precisión de los resultados?. Como ya sabemos, tiraremos de nuestros queridos intervalos de confianza, que nos servirán para determinar la precisión de la estimación del parámetro en la población. Siempre es conveniente disponer de todos estos parámetros, por lo que deben figurar en el estudio o debe ser posible su cálculo a partir de los datos proporcionados por los autores.

Para finalizar, nos fijaremos en la APLICABILIDAD de los resultados en nuestra práctica.

¿Son aplicables los resultados a nuestros pacientes?. Buscaremos si hay diferencias que desaconsejen extrapolar los resultados del trabajo a nuestro medio. Además, consideraremos cuál es la magnitud del riesgo en nuestros pacientes en función de los resultados del estudio y de las características del paciente en quien queramos aplicarlos. Y, finalmente, teniendo todos estos datos en mente, habrá que pensar en nuestras condiciones de trabajo, las alternativas que tenemos y las preferencias del paciente para decidir si hay que evitar la exposición que se ha estudiado. Por ejemplo, si la magnitud del riesgo es alta y disponemos de una alternativa eficaz la decisión está clara, pero las cosas no siempre serán tan sencillas.

Como siempre, os aconsejo que utilicéis los recursos CASPe para valorar los trabajos, tanto las parrillas adecuadas a cada diseño para hacer la lectura crítica, como las calculadoras para valorar la importancia de los resultados.

Antes de acabar, dejadme aclarar una cosa. Aunque hemos comentado que en las cohortes y ensayos usamos RR y en los casos y controles usamos OR, podemos usar OR en cualquier tipo de estudio (no así RR, para los cuáles hay que conocer la incidencia del efecto). El problema es que son algo menos precisas, por lo que se prefieren los RR y los NNT, cuando es posible utilizarlos. De todas formas, la OR es cada vez más popular por otro motivo, y es su utilización en los modelos de regresión logística, que nos permiten obtener estimadores ajustados por las diferentes variables de confusión. Pero esa es otra historia…